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BESITOS DESDE SODOMA Y LA ISLA DE LESBOS

La Biblia, libro singular, singularísimo —puesto que es un montonazo de libros y no uno solo— tiene partes aburridas, como la referida a toda clase de pormenores sobre la vida y milagros de un pueblo remoto en el tiempo; otra, semejante a una guía telefónica; la de más allá diríase un plagio de Los Pensamientos de Pascal y algunas cachondísimas, en el doble sentido del término: como son los chismorreos sobre famosos de la época, verbi gratia Noé y sus borracheras con el consecuente intento de violar a sus propias hijas; las confesiones del rey-profeta Salomón cacareando sus orgías con ochocientas —soy muy malo para las cifras­— concubinas, a quienes describía procaces y pecaminosas Cantares, todos ellos publicados íntegramente en la Sagrada Biblia, para solaz de lectores solitarios…

Todo este preámbulo para decir que, In illo tempore, Dios se paseaba por este puto mundo como Perico por su casa y cuando no le apetecía salir, enviaba a los ángeles con sus recaditos. Y eso fue lo que ocurrió en Sodoma, donde, no atreviéndose a ir él, por si las moscas, envió a cuatro angelotes para amenazar a los lugareños de que si no seguían el ejemplo de profetas como Noé, Salomón u Onás, apañándoselas cada cual con hijas, parientas, concubinas o vecinas, enviaría una lluvia de fuego.

Pasó lo que tenía que pasar: Cuatro seres alados, imberbes, bellos —como ángeles que eran—, sin sexo definido, fueron atrapados por aquellos salvajes sodomitas, quienes les arrancaron las plumas y se los beneficiaron. De ahí el nombre de tan maldita como popular práctica. Celoso, el viejo Dios les envió, efectivamente, una lluvia de fuego de la que sólo se salvó otro anciano impotente llamado Lot. Lo gracioso del caso es que, al no tener los ángeles sexo determinado, no puede decirse que fueran machos, por lo cual no es justo considerar mariconeo la actitud sexual de los habitantes de Sodoma.

Como se ve, ni el onanismo tiene nada que ver con los juegos manuales, ni Sodoma con echarse el amor a la espalda. Las grandes personalidades que evocamos a continuación, no satisfacen la pretensión de sacar a nadie del armario ni, sobre todo, del féretro, pero sí de las mazmorras de la Historia, reafirmando que el aprecio debido a una persona, no puede ser juzgado por sus impulsos íntimos, mientras éstos sean de amor, de cualquier forma de amor. Estas líneas sólo pretenden hacernos pensar en quienes han sufrido, de una manera u otra, el sambenito ignominioso con que les ha revestido la hipocresía, incluidos reyes, príncipes y dictadores, así como de cuantos, forma heroica, han defendido la libertad: la más íntima de las libertades individuales, la sexual, en sus mil y un disfrute.